jueves, 15 de enero de 2026

1) ENERO 2026: TRES NOTAS. Aquel mes de enero 1919,Y LA NORMALIDAD, por Gustavo Campana

Aquel enero de muerte obrera en la plaza Martín Fierro Gustavo Campana Cuando vivíamos en el “yotivenco” de 24 de noviembre e Independencia, mi vieja me llevaba a la Plaza Martín Fierro. Su calesita y su caballo blanco eran un destino obligado cada vez que llegábamos a esa inmensidad verde para mis ojos, que apenas estaba a seis cuadras de casa. Estuvimos en esa entrañable pieza repleta de goteras, con cocina de madera en el patio y baño compartido con otras dos familias, desde el 67 hasta mediados de 1968. Ese tiempo inolvidable con “Piluso” y “Batman y Robin” en la tele como grandes protagonistas de las tardes, más el patio largo de soldaditos y pelota, fueron gran parte de mi vida hasta los cinco años. Los recuerdos apilan desde una feroz represión en Psicología, refugiados en la lechería que estaba enfrente de la Facultad; Racing campeón del mundo en medio de un “Sábados circulares”; las películas en el cine Boedo y por supuesto el Gasómetro, aquel coloso de hierro y madera que por entonces amasaba la gran transformación de los “Carasucias” en “Matadores”. Mucho tiempo después supe que la “Martín Fierro”, ese paraíso de mi infancia que ensanchaba la “zapie” que era living y dormitorio para tres, había sido escenario de una de las luchas obreras más importantes de nuestra historia; pero también de una de las batallas más largas y crueles de todas las que dieron anarcos y socialistas contra una patronal cruel y perversa. En los talleres metalúrgicos Vasena comenzó aquella “Semana trágica” que se extendió del 7 al 14 de enero de 1919. Los laburantes reclamaban una jornada de trabajo de ocho horas, cuando estaban 11 por día al pie del cañón en la fundición y solo franco los domingos. Más o menos 2500 trabajadores, entre carboneros, foguistas y fundidores; con mucho peso en la Federación Obrera Regional Argentina. Ese mundo de explotación, fundado por el tano Pedro Vasena, después fue controlado por capitales británicos, pero con la familia creadora gerenciando el establecimiento. Pedro murió en el 16 y la conducción quedó en manos de su hijo Alfredo. Cuando estalló el conflicto del verano de 1919, apenas dos años después de la revoluta bolchevique, Vasena, lejos de escuchar las demandas, armó un ejército de rompehuelgas para terminar con la “insolencia obrera”. Rápidamente se consumió la mecha y estalló el desastre. Hipólito Yrigoyen puso al frente de la represión al general Luis Dellepiane (“un escarmiento que se recordará durante 50 años”). Actuaron Ejército, Policía y bomberos. A las ametralladoras en las esquinas y a los sablazos de los “cosacos” se sumaron las armas largas de los pitucos fascistas de la Liga Patriótica de Manuel Carlés. Era la patota del grupo que nació en el Centro Naval como la Comisión Pro Defensores del Orden; donde anidaban militares, curas, empresarios y conservadores. Los muertos, algunos asesinados en sus casas, fueron entre 700 y 800. Los heridos casi 4 mil y más de 50 mil detenidos en todo el país que se levantó solidario con sus compañeros. La geografía de la pelea no solo fueron las barricadas alrededor de la planta. La Liga se escondió en muchas iglesias de la avenida Corrientes, por donde pasaron los cortejos fúnebres rumbo a Chacarita, y cuando las familias llevaban a sus difuntos al cementerio, salían de los templos y seguían multiplicando muerte. El 20 de enero, los trabajadores nucleados en la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos regresaron a la línea de producción pero con una jornada de ocho horas. Victoria de los masacrados y de los sobrevivientes. Tesoro para todas las generaciones futuras. El gobierno radical generó una reunión clave cuando sentó en una mesa de diálogo a los laburantes con Alfredo Vasena y el embajador inglés. De ese gran anticipo de las paritarias futuras salieron aumentos de sueldo con piso de 20 y techo del 40 por ciento, de acuerdo a las categorías; domingos 100 por ciento de aumento, eliminación del trabajo a destajo y ninguna represalia contra los huelguistas. Las muertes no acabaron en Vasena. Los 1400 fusilamientos en la Patagonia (1921-1922), para terminar con peones que pedían un botiquín en inglés y castellano, velas y mantas, y la masacre de La Forestal (1921) que dejó 600 trabajadores asesinados, completan un triángulo donde como actor principal o secundario siempre estuvo Londres. La jornada de ocho horas se convirtió en ley, a través de la 11.544, sancionada y promulgada el 12 de septiembre de 1929. El 18 junio de 1945, 319 entidades de la industria y del comercio firmaron un documento que pedía control social a través de la represión estatal: “Desde 1919, el país ha vivido dentro de una casi perfecta tranquilidad social”. Hablaban sin culpas de aquel enero que recordaban virtuoso. El capital quería volver a los crímenes aleccionadores que dejó aquella masacre, sin saber que la historia había programado el 17 de octubre. En la previa de las elecciones del 51, en el diálogo final de Discépolo con Mordisquito, Enrique le dijo al “contrera”: “Mirá si vos hubieras estado en la Semana Trágica como yo y como tantos, en Cochabamba y Barcala. Mirá si hubieras visto morir primero a aquellos cinco, luego a cientos y masacrar judíos por una ‘gloriosa’ institución que nos llenó de vergüenza. Quizás no hubieras formado nunca más parte de ese partido que integrás por amor propio y por ignorancia de tantos hechos delictuosos, que son los que empezaron a preparar la llegada de Perón y Eva Perón. En un país milagroso de rico, arriba y abajo del suelo, la gente muerta de hambre”. Casi medio siglo después, como una estela de aquel verano a sangre y fuego, Adalbert Krieger Vasena, nieto de Alberto, fue ministro de Economía y Trabajo de la dictadura del general Onganía. Algunas cosas no viajan en el ADN, pero la Argentina puede demostrar a través de ciertos árboles genealógicos, que la ciencia a veces se equivoca... La patronal viene por la revancha 107 años después y pretendiendo terminar con todos los derechos que costaron tantas vidas. A soñar con volver a las 12 o 14 horas de esclavitud por pedido del FMI lo bautizaron pomposamente como “Reforma laboral”; a volver al siglo XIX le dicen modernización y a ser dueños de la vida del otro lo titularon destino. Creen que pueden terminar para siempre con el movimiento obrero, para debilitar la fuerza de la negociación colectiva y abrir una era de despidos baratos. Sueñan con un país sin recibo de sueldo. A principios de los 40, la demolición de la fábrica intentó borrar la historia, sin comprender que hay cosas que no mata la muerte. En aquella querida plaza del barrio de San Cristóbal, una placa dice en los restos de la fábrica: “Estos muros pertenecen a la construcción original de los Talleres Vasena. Aquí se produjeron parte de los sucesos de la Semana Trágica”. ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- No hay neoliberalismo sin traición, ni futuro sin historia Gustavo Campana El golpe de Estado de 1955 intentó terminar con el modelo de país e instaurar para siempre las nuevas bases de un viejo proyecto colonial. Su desembarco se produjo con métodos que tenían “sentido de eternidad”, cuando las Fuerzas Armadas liberales decidieron que la muerte, la cárcel y el destierro serían sus grandes aliados. El bombardeo de Plaza de Mayo, terminar con Perón en la Rosada, dinamitar la Constitución del 49, transformar al gobierno popular en un preso político, firmar el decreto 4161, desaparecer el cadáver de Evita y fusilar en 1956; fueron los crueles capítulos con los que en solo dos años buscaron enterrar el espíritu de Nación. Todo ese dolor allanó el camino para el ingreso de la Argentina al FMI. A partir de ese momento, sufrimos casi dos décadas al reino de los mercados, sumisión a Estados Unidos en plena “Guerra fría” y proscripción de la mayoría. El peronismo impidió durante casi una década que el país cayera en manos de un organismo cuya única finalidad era convertirnos en subdesarrollados a perpetuidad. La independencia económica de 1947 fue la plataforma para el desarrollo de la industria nacional, a una escala imposible de ser soñada a principios de la década del 40. Y en ese contexto, la nacionalización de los ferrocarriles fue muchísimo más que un dato simbólico. Teníamos el sistema ferroviario más grande de América Latina, con casi 47.000 kilómetros de vías. Con ese gesto soñado por Scalabrini Ortiz y concretado por una Argentina que necesitaba imperiosamente para crecer, manejar los medios de producción con “pensamiento nacional”, le arrancó a los ingleses el dominio de la “telaraña de acero”. Transporte barato del campo a la metrópoli, de todos los productos que compraba Londres y que salían a Europa a través del mismo puerto que recuperó el Estado comprando los trenes. Con la estatización también regresaron dos leguas y media de tierras al costado de las vías, propiedades que la Generación del 80 le había regalado al imperio británico como agradecimiento por su padrinazgo. Después de Yalta, Estados Unidos recibió las llaves del reino como “herencia british”, pero cuando intentaron tomar posesión de la Argentina, el voto popular cambió la cerradura. La revancha cruel que comenzó a materializarse en el 55 continuó con Arturo Frondizi. El presidente que se puso la banda en el pecho con los votos justicialistas olvidó el acuerdo que implicaba el fin de la proscripción. Archivó “Política y petróleo” y le entregó a las multinacionales todos los beneficios que le negó a YPF. Cerró el frigorífico “Lisandro De la Torre” para obsequiarle el manejo de nuestra carne a la administración Eisenhower y activó el Plan de Conmoción Interna para terminar con la respuesta obrera a la traición. Había que derrumbar la estatua que significaba “los ferrocarriles son nuestros” y con este fin, Frondizi recibió a principios de la década del 60 a un general de cuatro estrellas llamado Thomas Bernard Larkin. Un enviado del Banco Mundial, que junto a dos consultoras europeas y una norteamericana creó el “Grupo de Planeamiento de los Transportes Argentinos”: Coverdale & Colpitts (Estados Unidos), Netherlands Engineering Consultans (Holanda) y Renardet-SAUTI (Italia). El encargado de la negociación fue el ministro de Economía, Alvaro Alsogaray. Después de la Segunda Guerra Mundial, Washington tenía sin destino a miles de fábricas que abastecían a los aliados de vehículos terrestres; factorías que en tiempos de paz ya no producirían el mismo volumen. Entonces comenzó a desarrollar un proyecto para imponer el uso de autos, camiones y colectivos por todo el planeta. Argentina fue la cabecera de playa en América latina. La propuesta del virrey fue eliminar el 32% de nuestras vías férreas y pasar a tener solo 29.000 kilómetros. Despedir a 70 mil trabajadores y reducir a chatarra todas las locomotoras a vapor y más de 70 mil vagones. Dejaron de correr trenes de carga y pasajeros en casi todo el país, lo que motivó la huelga ferroviaria de 42 días de 1961. Larkin tenía la orden de reemplazar cada metro de vía que sacaba por transporte automotor auspiciado por su país. El “desarrollismo”, que ya le había dado petróleo barato al grupo de compañías del norte que lideraba la Standard Oil, recibió las terminales automotrices de Estados Unidos para ensamblar en nuestro territorio, y a sus principales empresas de neumáticos para que monten sus fábricas. El costado porteño del Plan Larkin fue el fin de los tranvías, aquellos que había manejado, hasta la llegada del primer peronismo, la Corporación de Transporte inglesa. La inmensidad geográfica de Buenos Aires se quedó sin el medio más barato para transportar mayor cantidad de usuarios y el más ecológico frente a los alimentados por combustible. Poco más de seis décadas después, los nietos de aquellos liberales que le abrieron las puertas de la Argentina al Plan Larkin anunciaron en Rosario que van a construir un tranvía urbano por 500 millones de dólares, para conectar el norte con el sur de la ciudad, en 10 minutos. El proyecto habla de vías sobre casi 35 kilómetros para unir Villa Gobernador Gálvez con Granadero Baigorria, pasando por los principales corredores urbanos de Rosario. Presentaron como una “gran novedad” que este servicio “no requiere túneles ni estructuras elevadas, sino que se instalará sobre avenidas y espacios públicos existentes, lo que reduce tiempos de obra y costos”. Los autores serían intelectualmente honestos con su pueblo si le contaran a las nuevas generaciones que esta iniciativa nació de la necesidad de recuperar archivo para constuir futuro. Y que el encargado de romper nuestra línea de tiempo fue la voracidad del capital estadounidense, que siempre nos utilizó como variable de ajuste para tachar las pérdidas de sus balances. El mensaje estaría completo si recordaran que en los talleres del Puerto de Rosario nació en los años 50 la CM2, una locomotora revolucionaria, fruto de la ciencia y la tecnología propia; cuando el peronismo auspiciaba el desarrollo como motor de la soberanía política. En cada decisión del imperio perdimos autonomía y solo recuperamos los sueños, en las excepciones a la regla. La palabra pasado tiene mala prensa en boca de los que como díría Walsh, te necesitan sin épica, ni orgullo; sin héroes, ni mártires. Esta historia es apenas un pequeño ejemplo de todo lo que en su momento derrumbaron en nombre del progreso, sabiendo que el “país cangrejo” era capaz de su suicidio, importando involución y retroceso. ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Los sin patria ni bandera sueñan con invadir la Patria Grande Gustavo Campana El formato de las últimas dictaduras del sur se basó en genocidio, importaciones, deuda, fuga y especulación financiera. A punto de cumplir seis años, la tiranía más sangrienta de todas las que fueron paridas por Kissinger, la que instaló la “plata dulce” y la “patria financiera”, se había quedado sin oxígeno. Las tres devaluaciones del 81 fueron un callejón sin salida y el golpe de Galtieri que desalojó a Viola procuró sin éxito renovarle la cara al “Proceso”. Los primeros tres años del “ajuste Margaret” provocaron en Inglaterra resultados sociales ruinosos, con números inéditos desde 1945. La crisis 81-82 solo era comparable con la de 1930. Los uniformados argentinos apostaron sin suerte a perdurar con la recuperación de Malvinas y el thatcherismo encontró en la guerra el pasaporte para subsistir otros ocho años al frente del 10 de Downing Street. Julio 1989. La imagen del candidato que le ganó la interna a Cafiero era difusa. El líder del país profundo que venía a la Rosada por producción y distribución de la riqueza comenzó a desteñir rápidamente. El nuevo presidente se puso al frente de la defensa continental de la globalización y mientras Facundo desaparecía de su imagen, auspiciaba la muerte de las ideologías y el fin de la historia. En la transición, el menemismo cerró el Plan Bunge & Born con uno de los representantes más importantes de la economía local concentrada. La fábrica de preguntas sin respuestas trabajaba a tres turnos y el perfume a traición comenzaba a sobrevolar la historia del peronismo. Mientras tanto, el “poder real” invitaba a Alfonsín a despedirse cinco meses antes, en el primer “golpe blando” que vivió la región después del Plan Cóndor. A toda velocidad, Menem comenzó a jugar entre las sábanas con Washington. Primero se convirtió en el mucamo latino de la primera invasión al Golfo, enviando dos naves de la Armada y 450 hombres. La muerte de Roig, el fracaso de Rapanelli en su intento por frenar la hiperinflación y el Plan Bonex como una “canción desesperada” de Erman González para suturar una herida de tres dígitos. En ese momento fuimos “buscaminas”, carne de cañón de la flota que lideraban Estados Unidos y Gran Bretaña. Luego Carlitos archivó el reclamo de soberanía por Malvinas con los Acuerdos de Madrid y Di Tella activó un ridículo operativo de seducción para atraer a los isleños custodiados por la OTAN, enviando ositos de peluche a los niños del archipiélago. Por cadena nacional en enero del 91, Cavallo como canciller le contó al país que no éramos neutrales: “El desafío de Irak a la paz mundial atañe a los argentinos. Quienes piensan que la lejanía del Golfo puede asegurarnos no sufrir las consecuencias de estos acontecimientos se equivocan. No entienden que nuestro país es un socio activo en la gestación de un nuevo mundo de paz, progreso y distensión. La indiferencia significa retroceso, implica atraso, aislamiento”. Menem dijo “Argentina está en guerra” y sostuvo que “solo se trata de apoyo logístico”. Las dos fragatas enviadas a la zona de fuego fueron acondicionadas en la isla española de Rota con equipos de comunicación yankis. Desde el 15 de enero patrullaron el Golfo, escoltando desde Omán hasta las costas de Kuwait a los barcos de la coalición. A cambio de estabilizar las variables y tranquilizar la economía para después sedar a la política, el menemismo aportó su granito de arena en la derrota de Sadam Hussein. Después de estar al servicio de la OTAN, la convertibilidad nos dejó sin soberanía monetaria. Se había puesto en marcha una década de equilibrio imaginario con la moneda más fuerte del planeta, bancado a fuerza de deuda externa. La verdad estalló en diciembre de 2001. Las tropas argentinas que participaron de la Guerra del Golfo en junio del 91 fueron actores de reparto en el “Desfile de la victoria” por la avenida Broadway de Nueva York. La guerra ajena enderezó la dependencia económica del menemismo y definió su lugar definitivo en la discusión geopolítica. Argentina 2025. Trump ganó las elecciones de medio término en nombre de Milei, pero antes ordenó tres cosas: al FMI, que pusiera en el bolsillo de Caputo un préstamo de 20 mil millones de dólares; al Tesoro de los Estados Unidos, que blindara al gobierno libertario con un swap de otros 20 mil millones y a Scott Bessent, que colocara todos los verdes necesarios para frenar una corrida cambiaria en la previa del comicio. A principios de noviembre, Karina se enfureció con el jefe de la Armada, Carlos Alievi, por no aceptar el pedido del gobierno republicano. “La jefa” ordenó que el destructor argentino que participaba de la misión Unitas se trasladara a Puerto Rico para sumarse al esquema militar en el Caribe. No sucedió. Estados Unidos, Israel y Argentina después votaron en Naciones Unidas a favor de la tortura para sellar un pacto de sangre ilimitado. Más tarde, Milei fue la única voz del Mercosur que alentó una invasión norteamericana a Venezuela. Sorprende que un país sin plata y que no está amenazado por ninguna hipótesis de conflicto bélico haya comprado los F-16 a Dinamarca minutos antes de pasar a desguace por obsoletos y acto seguido adquiera los blindados Stryker a Washington. Paralelamente, sumó proyectiles de mortero 120 mm y le pidió presupuesto a Francia por submarinos y buques de patrullaje. Licitó servicios de mantenimiento para sus tanques TAM 2C, reparación de vehículos anfibios, compra de camionetas 4x4 militarizadas y repuestos y mantenimiento de helicópteros Super Puma. Finalmente, nombró a un general como ministro de Defensa. ¿Para qué prueba de amor se está armando un país que mató su economía real, que está a punto de concretar su cuarto industricidio en 49 años y que vive pasando la gorra para pagar deuda externa y capital e intereses de la bicicleta financiera? ¿Milei está acelerando la puesta a punto de “La Armada Brancaleone”, para ser la pata sudamericana de una invasión de la Casa Blanca a Venezuela? El tercer capítulo de esta historia neoliberal depende de Trump. Bajó la espuma de octubre y ahora Javo necesita ocultar recesión, deuda, industricidio, represión, desocupación, flexibilización laboral, reforma previsional, transferencia de recursos, Libra, Andis y el pedido de impunidad de los genocidas. Y el gobierno sin patria, ni bandera, está dispuesto a enmascarar su infierno en una acción militar contra su propio continente. Sueña con una invasión del imperio, a la Patria grande. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ Pequeñas delicias de un país normal Por Gustavo Campana Ganó el corazón del oficialista amateur, una frase que tranquiliza. Palabras que operan como un sedante de ese asalariado que está dispuesto a todo en defensa del suicidio colectivo que propone Milei. Un bálsamo que lo exime de mirarse al espejo para intentar entender por qué defiende a su verdugo. La víctima compra el guion ficcional de “vivir en un país normal” y a cambio, se sacrifica en tiempo presente. Ante este fenómeno cultural, hay que recordar algunas historias de un archivo muchísimo más amplio, que convencieron a millones de padecer el ajuste para luego disfrutar de la abundancia. Una auditoría para entender a los creyentes y analizar lo equivocado que están los que “no la ven”. Un país normal mata su industria con productos importados, clausura la obra pública, se niega repartir alimentos, corta la medicación oncológica y desata una guerra contra el Garrahan, la universidad y la ciencia nacional. Es el que desregula todo para que el mercado mande por él y busca privatizar lo que queda, solo para sobrevivir un rato más. Un país normal recibe cuatro salvatajes en nueve meses (préstamo del FMI, swap de Trump, dólares de Bessent para frenar una corrida cambiaria terminal y un crédito de seis bancos para no caer en default, el 9 de enero pasado). Una República normal es la que tiene al frente al líder de una criptoestafa y su hermana denunciada por coimera. Normalidad es contar con un jefe de Estado que impulsa una brutal recesión, para que la inflación quede enmascarada por “la paz de los cementerios”. Es el que sueña con una reforma laboral que destruya todos los derechos obreros y es el que tiene más trabajadores no registrados, que con recibo de sueldo. Un país normal es el que resucita insultos para calificar a las personas con discapacidad, como idiotas, imbéciles y débiles mentales. Ese lugar soñado tiene que ser conducido por quien tenga la sensibilidad necesaria para pelearse por las redes con un niño autista de 12 años. Un país normal es el que le dice a la madre de un discapacitado que el Estado no tiene la culpa de la enfermedad de su hijo y que ellos son privilegiados porque no pagan peaje. Un país normal se construye con diputados que dialogan en prisión con genocidas y un oficialismo que cada 24 de marzo muestra su adhesión a la última dictadura. Un país normal es el que compra aviones de guerra luego de 46 años de servicio. Un país normal goza de un gobierno que criminaliza la protesta social y propone que tres personas deban pedir permiso para juntarse en una esquina. Un país normal pisa paritarias y congela el bono a los jubilados de la mínima, pero además cuando los viejos protestan, le contesta con palazos todos los miércoles. La soñada normalidad está en ordenar una millonaria transferencia de recursos del bolsillo de los laburantes a la patronal y calificar como héroes a los evasores. A esta utopía no le puede faltar un candidato a diputado bajado de la lista porque un narco era su mecenas. Tampoco un senador detenido en Paraguay, justo cuando intentaba pasar la frontera con más de 200 mil dólares. El país soñado es el que por suerte tiene a un presidente que maltrata a la división de poderes con vetos y decretos; que decide manejar los primeros dos años de su mandato sin presupuesto, para quemar la guita como un emperador y esté también asociado con un endeudador serial que auspicia la especulación financiera como puerta al paraíso. Un país normal se construye con militancia terraplanista y antivacuna; es llevado de la mano por un director de orquesta mesurado, que califica a los radicales de “putitas del peronismo”, a los legisladores “ratas inmundas”, “parásitos mentales” y “degenerados fiscales” y al gobernador bonaerense de “burro eunuco”. Un país normal es el que tiene el privilegio de ser piloteado por un especialista en temas de crecimiento económico con y sin dinero; a un “topo” que vino a destruir el Estado y que además, se autopercibe Nobel de Economía. Una Patria normal tiene la dicha de ser mucama de Washington y saber que el dueño del Salón Oval es capaz de operar la victoria de una elección de medio término. Un país normal es el que sostiene patotas tuiteras; es el que en su diccionario incorporó definiciones técnicas como “pedo de buzo”, “los chinos son todos iguales”, “mandriles”, “econonchantas”, “comprá campeón” y “cárcel o bala”. Un país normal es el que encarcela a una expresidenta, para proscribirla de por vida, sin una sola prueba pero con muchas convicciones y si es posible para que la dicha se completa, que lo ordene luego de que la familia de uno de sus ministros estrella amparara a una organización que intentó matarla. En un país normal, hay que ir al conurbano a buscar votos puteando al pueblo desde una camioneta y después, ante una derrota, estigmatizar a esos desagradecidos, diciendo que “cagan en latas y pisan el barro”. Ese edén tiene que contar en su Congreso con Lilia, Tronco, Karen, Virginia, la de la “Nochebuena de resurrección” y el que quería privatizar el mar. Cualquier país que se precie de normal tiene a mano un pastor evangélico que inaugure con el Presidente un megatemplo que construyó convirtiendo los pesos en dólares. Ese refugio necesita atentar contra su cultura y sus artistas y por supuesto, odiar a los periodistas opositores. Ese pedacito de cielo no puede carecer de un primer mandatario que alquile amores o que se empilche con el mameluco de una empresa emblema de un Estado que odia. Ese país necesita en el sillón de Rivadavia a un rockstar o a un plagiador serial de autores económicos para hacer sus propios libros. Un síntoma indiscutible de la creación de un lugar perfecto es ser liderado por alguien que diga haber conocido a su perro hace dos mil años en el Coliseo romano, cuando el mastín inglés era un león y él un gladiador. Cordura es que los candidatos sostengan en campaña que el Papa es un embajador de Satanás, confiesen su amor por Thatcher y prometan sueldos en dólares. Tambiés es menester que definan a la justicia social como una estafa y digan que vender bebés es “un negocio como cualquier otro”. Un país normal requiere de un presidente despeinado, para que millones lo crean nuevo; demanda un señor mayor viviendo su adolescencia tardía disfrazado de supérheroe para esconder al conservador veterano que hay debajo de su capa. Un cultor de los peores pasajes de la historia del capitalismo, que con un relato gastado pero aún efectivo, te vende que sos protagonista de un sueño. El resto está obligado a preguntarse, hasta cuándo seguirá naturalizando esta locura, como una especie de nueva normalidad...

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