lunes, 12 de marzo de 2012

Dos notas Malvinas de Alejandro Horowicz

Tiempo Argentino

Un nacionalismo antinacional

La versión más elemental del nacionalismo se expresa como defensa territorial.
El nacionalismo pro Malvinas puede filiarse en esa dirección. La junta encabezada por Galtieri pretendió legitimar la continuidad del gobierno de las FF AA. 

El programa colonial de las potencias europeas formó parte de dos ciclos históricos precisos. El primero se inicia en el siglo XVI, con la “conquista” de América, que supuso la masacre de los pueblos originarios, y concluye en el transcurso de la primera mitad del siglo XIX en Hispanoamérica; más precisamente, con la batalla de Ayacucho en 1824.
En la América del Norte, en cambio, la demarcación es menos precisa, ya que los Estados Unidos –declaración de Filadelfia mediante– libran su victoriosa batalla por la independencia contra Inglaterra durante el siglo XVIII; Canadá siguió un camino más tortuoso y prolongado, que terminó resolviéndose a consecuencia de la II Guerra Mundial. Es decir, formalmente integró el pelotón de países que se independizan en el segundo ciclo post colonial.
Convine precisar: el segundo ciclo colonial se había iniciado en la segunda mitad del siglo XIX (conquista de Asia y África, por parte de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Holanda e Italia). Es el momento en que Londres quintuplica su dominio territorial, construyendo su imperio victoriano. A resultas de la derrota de Alemania en 1945, después de todo Adolf Hitler se propuso colonizar Europa con los métodos más arcaicos y brutales, los Estados Unidos y la Unión Soviética acordaron –en el marco de las Naciones Unidas– un programa mundial de descolonización. Programa que se ejecutó no sin dificultades (la batalla en la Indochina “francesa” se terminó transformando en la guerra norteamericana de Vietnam) pero es preciso admitir que en la abrumadora mayoría de los casos, mediante la guerra o la diplomacia, las potencias coloniales fueron derrotadas.
La batalla de Argelia, guerra colonial clásica y por tanto paradigmático ejemplo, fue leída, interpretada, utilizada para dos políticas antagónicas. Para los combatientes por la independencia, se trató de un caso excepcional: sin ganar una sola batalla significativa, sin “derrotar” militarmente a la ocupación francesa, alcanzaron la independencia hace ya medio siglo (acuerdos de Evián, 18 de marzo de 1962, y referéndum de julio del mismo año). En cambio, para los ultraconservadores  de la OAS (Organization de l´Armée  Secrète), se trató de la puñalada trapera del general Charles de Gaulle.
Vale la pena detenerse en ese debate. En 1958, De Gaulle llega al poder como defensor de la Argelia francesa. Al menos esa fue la lectura mayoritaria de su programa político. Sin embargo, en 1959 aceptó el principio de autodeterminación argelino, y esa postura terminó produciendo en el ’61 el putch militar encabezado por el general Salam, que por cierto fue aplastado sin demasiadas consideraciones.
El argumento gaullista era simple: la represión recluta para el FLN argelino (Frente de Liberación Nacional); por cada combatiente que logra “capturar”, con los “métodos” de la escuela francesa, cuatro nuevos ingresan a la lucha. Es decir, la resistencia crece y cuando la compacta mayoría no esta dispuesta a soportar un orden colonial (eso ya lo había explicado Mahatma Gandhi, cuando no “colabora”), ese orden se termina volviendo inviable.
A nadie se le escapa que la política colonial se reduce a la organización del saqueo sistemático por parte de la potencia imperial. El padre de la economía política, Adam Smith, lo explicó para el primer colonialismo, en un capítulo de su libro sobre la riqueza de las naciones. Y el segundo colonialismo, por cierto, no varió tanto en materia metodológica. Entonces, los sectores que defienden la política de saqueo no suelen ser los económicamente más dinámicos. Más bien, hay que buscarlos en el pelotón de los rezagados. Nadie habla de la innovación tecnológica de los colonos franceses, porque jamás existió.
Ese es el punto. El primer ciclo colonial formó parte de la denominada acumulación primitiva del capital; y el segundo, de una política militar de expansión del mercado interno de las potencias imperialistas. Ambos resultan hoy completamente anacrónicos. Por tanto, la defensa de esos intereses suele estar atada al carro pasado, de la derrota política.

El CASO MALVINAS. Que un pequeño archipiélago, ubicado a más de 12 mil kilómetros de Londres, forme parte de la “soberanía británica”, no puede no llamar la atención. Sobre todo, cuando la distancia a Río Gallegos no llega a los 800 kilómetros. Estos datos que la cartografía aporta resultan poco significantes frente a un dato mayor: Malvinas integra la agenda política sudamericana. Y esta es una novedad insuficientemente justipreciada.
En primer lugar, porque esa agenda no existía, digamos, treinta años atrás. Y en segundo término, porque  emerge en medio de la más formidable crisis que el capitalismo, que conoció muchas, ha tenido en su prolongada historia. Crisis que aísla aun más la tradicional insularidad británica.
Vamos despacio. La versión más elemental del nacionalismo se expresa como defensa territorial. El clásico nacionalismo de los terratenientes. El nacionalismo pro Malvinas puede filiarse en esa dirección, no sólo por estar directamente vinculado a la dictadura burguesa terrorista, sino por el uso político que la junta encabezada por Leopoldo Galtieri pretendió darle: quedantismo militar. Es decir, legitimar la continuidad del gobierno de las FF AA en virtud de su “victoria antiimperialista”.
Esa “victoria” no se produjo, no tanto porque fuera materialmente imposible, sino por que las FF AA estaban inmersas, en 1982, en una  profunda crisis de descomposición. La idea de hacer desaparecer  miles de ciudadanos desde mazmorras clandestinas, no sólo es siniestra sino además estúpida. Y creer que una fuerza armada pueda ser transformada en grupos de tareas (los grupos de tareas cuando alcanzan ese rango, como explicara el teniente general Alejandro Agustín Lanusse, quiebran la cadena de mandos) y sobrevivir como fuerza bélica efectiva, lleva el disparate a un punto sin retorno.
Entonces, comparar la aventura malvinera de Galtieri con una política exterior que se proponga modificar el status colonial de Malvinas, o es una torpe simplificación propagandística, o parte de un supuesto que no reconoce: Malvinas sólo puede ser soberanía británica.
No comparto estas dos posiciones.
Vale la pena detenerse en los ecos de la nueva agenda. El gobierno chino, a través de su embajador, respaldó la política K sobre Malvinas. China es la potencia que emerge victoriosa de la crisis. El ganador neto que además  tiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. En 1997 Pekín logró que Londres, pacíficamente, aceptara abandonar Hong Kong, sin que la “opinión” de sus habitantes formara parte de tan complejo asunto.
Londres hoy argumenta que los habitantes de las islas no desean cambiar de status, por tanto la soberanía no es negociable. Como esa opinión suele ser un subproducto de la política exterior británica, bastaría que cambiara la política, para que el sustento material de la “opinión” varíe. El descubrimiento de una reserva petrolera de aparente importancia en las proximidades de Malvinas plantea un nuevo asunto. Una cosa es la prospección del yacimiento y otra la explotación, que supone una gigantesca inversión políticamente insegura para una potencia en crisis. Pensar que la renta petrolera de Malvinas pueda ser saqueada, en contra de la decisión unívoca del Cono Sur, por Gran Bretaña no parece  sensato. A caballo de esa lógica avanza la postura del gobierno argentino.
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Malvinas, un enclave colonial

 Ya no se trata de una ‘reivindicación territorial’, sino de contar o no contar con reservas de energía convencional y disponer de la renta petrolera para el funcionamiento en expansión, a mediano plazo, del aparato productivo.

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 A casi 30 años del ataque de tropas argentinas a las Islas Malvinas, bajo el comando de Leopoldo Fortunato Galtieri, el gobierno de Cristina Fernández decidió modificar su agenda internacional, promoviendo una ofensiva diplomática destinada a incrementar la presión pública sobre la alicaída Gran Bretaña.
El objetivo de esta finta es claro: obligar al gobierno conservador a sentarse en la mesa de negociaciones. Conviene recordar que todos los gobiernos británicos han evitado esta posibilidad, en abierta contradicción con las decisiones adoptadas por la comunidad internacional (dictamen de Naciones Unidas), desde 1965; fecha en que la Asamblea General exigió una negociación directa entre las partes, que por cierto Londres (a su curiosa manera, ya que en 1967 hubo una reunión con tal objeto en Nueva York) no acató.
Mientras el canciller Héctor Timerman recibía instrucciones, por parte del Ejecutivo, un grupo de 17 intelectuales se manifestó a favor de respetar los derechos de los kelpers, subrayando que no es posible obligarlos a formar parte de un país que no desean integrar. Vale la pena subrayar que en el año ’65 la resolución incluía “los intereses de la población”, y no su autodeterminación, que por cierto es la postura británica. Es lícito entender, en consecuencia, este comportamiento desde tres perspectivas no necesariamente opuestas. 
En la primera, se trataría de un acto de pura oposición al gobierno kirchnerista, sin reparar en sus consecuencias. En la segunda, se trataría de establecer un hilo de continuidad implícito entre el intento militar de recuperarlas y el gobierno actual. En la tercera, el gobierno intentaría distraer a los ciudadanos argentinos de sus propios problemas 
Vale la pena observar cómo esta tríada (acto de pura oposición, continuidad del patrioterismo malvinero, teoría del bluff), mejor dicho sus proposiciones, organiza un puzzle perfecto. ¿El motivo? Esta oposición sin matices, de todo o nada, sería consecuencia directa de la naturaleza del gobierno K, que desde este peculiar abordaje podría intentar otra irresponsable aventurilla militar, o una simple “distracción” hacia un problema irrelevante.
Nada de esto se plantea con suficiente claridad, y en rigor de verdad nadie en su sano juicio cree ni remotamente en que el gobierno aliente la solución militar. Entre otras cosas, porque la capacidad operativa actual, de las FF AA, no es de ningún modo superior a la del ’82. Entonces, queda la última línea argumental: distraer a los argentinos de la crisis (que algunos no vacilan a denominar “griega”) con el viejo recurso del patrioterismo barato. No deja de llamar la atención que una explicación que calza mejor en el comportamiento del gobierno británico, después de todo Londres esta más cerca de la crisis griega que Buenos Aires, sea endilgado sin mediación alguna al gobierno argentino.
Para evitar todo exceso de suspicacia vamos a relevar qué dice la prensa internacional al respecto. El diario español Tercera, con la firma de su columnista Emilio Marín, sostiene en su edición del 4 de marzo: “En Londres tienen otros problemas más acuciantes, como la falta de trabajo, la crisis capitalista y los ajustes pergeñados por su clase dirigente junto a la Unión Europea y los organismos financieros internacionales. En su caso, y a raíz del intento por semiocultar tales dramas, el premier David Cameron trata de poner las islas en el centro del tapete. Cree que de ese modo, como en 1982 hizo Margaret Thatcher, su antecesora partidaria conservadora, podrá capear ese temporal social interno.”
Difícil acusar a Marín de militante kirchnerista, y aun así lo obvio lo es tanto aquí como en Cataluña. Añade el columnista español: “Se entiende que la ministra de Industria, Débora Giorgi, haya hablado con los titulares de 20 empresas radicadas en Argentina (no necesariamente nacionales), para pedirles que corten las importaciones de bienes e insumos desde Londres. Aunque muy limitada, la sugerencia ministerial es acertada. Va en línea con la idea de que para recuperar las islas no basta con la diplomacia y exhortaciones. La economía debe cumplir su papel para que una parte de los ingleses entre en razones. Mucho mejor sería sancionar a Shell, Laboratorios Glaxo, banco HSBC, Unilever y otros pulpos ingleses que siguen haciendo pingües negocios aquí como si fueran de un país neutral.”
Esta última aproximación de Marín no encaja, exactamente, con la postura de la Unión Europea, bastante preocupada por la caída de sus exportaciones como para sumar además problemas extraeconómicos. 
La cuestión Malvinas, al margen de chicanas de poca monta, merece ser esclarecida. Dos preguntas ayudan a ponerla en foco: ¿qué pasó en los últimos 30 años? Y ¿qué lugar debiera tener en la agenda diplomática sudamericana un enclave militar británico que saquea la fauna ictícola, y pareciera dispuesto a explotar, mediante un acto de piratería clásica, la potencial riqueza petrolera del área?
 
HISTORIA Y POLÍTICA. Raúl Alfonsín encaró de un modo peculiar el asunto, ya que el misil Cóndor, bajo control de la aeronáutica, tenía suficiente autonomía para impactar Malvinas desde territorio argentino. Por ese entonces los aviadores fueron el arma más próxima a un gobierno que sufrió tres crisis militares, y se consideraba que la fabricación del misil, en Falda del Carmen, era su costo político. Con el arribo de Carlos Menem y el acceso de Domingo Cavallo al Palacio San Martín, las relaciones carnales incluyeron la liquidación del proyecto. Y así se hizo; se cuenta que Cavallo quería dinamitar, lo que era imposible, Falda del Carmen. Claro que quien produjo un prototipo eficaz, dispone de las aptitudes para reproducirlo. Tal decisión no se ha tomado, nada indica que se tome, lo que no implica la imposibilidad técnica de tomarla. 
El gobierno de Fernando de la Rúa, por su parte, en esta materia como en casi todas las demás, brilla por su ausencia. Y después vino el 2001 y problemas más acuciantes ocuparon la agenda pública. Ahora bien, para Unasur, para la coalición de gobiernos sudamericanos, la inclusión de Malvinas en el temario, no es exactamente una cuestión menor. Conviene destacar que para Brasil –acaba de encontrar una reserva petrolera importante mar afuera– se trata de la reserva estratégica de la que depende su ecuación energética. Es decir, productiva. Máxime cuando la estructura hidrográfica no le permite, por la naturaleza de la pendiente de su suelo, desarrollar una fuente hidroeléctrica alternativa. No es el caso argentino. Sin embargo, su puesta en ejecución supone inversiones públicas de primer orden. Mientras tanto, la importación de petróleo parte de la misma ecuación productiva, impacta de modo evidente en su balanza comercial. 
Por tanto, desde que se descubrieron potenciales cuencas petroleras próximas a Malvinas, el problema mudó de carácter. Ya no se trata de una “reivindicación territorial”, sino de contar o no contar con reservas de energía convencional y disponer de la renta petrolera para el funcionamiento en expansión, a mediano plazo, del aparato productivo. Entonces, lo que bajo la dictadura terrorista burguesa sólo era una martingala justificatoria, en las actuales condiciones se transforma en reserva continental. En estas nuevas condiciones, reafirmar la fórmula de Naciones Unidas de respetar “los intereses de la población” es un acto de estricta autodefensa; por una delicadeza de estilo y de hábitos, me callo el calificativo que se merece el club de los 17. Y sólo traigo a colación el de su critico español: intelectuales very british.

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