
¿Se puede evitar que la historia se repita?
¿Se puede evitar que la historia se repita?
La apuesta elegida por la presidenta es sostener la inversión como reaseguro, no sólo de los puestos de trabajo, sino también como garantía de crecimiento y de redistribución de la riqueza. Es en este marco histórico que le pide colaboración a la dirigencia sindical y empresarial

1) “Esta nueva etapa obliga a una gran responsabilidad, sobre todo de la
dirigencia sindical. Porque cuando se arman los barullos, donde todos gritan
para ver quién puede conseguir más; cuando se pudre todo, los dirigentes se van,
y los que quedan sin trabajo son los trabajadores.”
2) “Les pido a todos los dirigentes sindicales y a todos los empresarios
que cada uno ponga lo que hay que poner. Venimos recuperando el nivel
adquisitivo, con el mejor salario de América Latina; y empresas que han ganado
mucho, pero necesitan que las ayudemos con la inversión.”
3) “Es necesario articular capital y trabajo hoy más que nunca. Los
capitales y los trabajadores necesitan un mercado interno fuerte que nos
resguarde del vendaval externo… Por eso es muy importante que las empresas
inviertan, porque si el país, las finanzas públicas, hacen el inmenso esfuerzo
de este proyecto del Bicentenario, los subsidios a los servicios que utilizan,
exenciones fiscales, promociones fiscales, es necesario que nos sentemos con las
grandes empresas para ver sus planes de inversión.”
4) “Les pido responsabilidad y sensatez a los dirigentes sindicales que
tienen la inmensa responsabilidad de representar a los trabajadores, pero no en
la paritaria, sino todo el año. Tenemos que mantener los 365 días del año con
los trabajadores en sus puestos de trabajo. Esto no significa dejar de reclamar.
¿Quién puede pensar que este gobierno, que ha creado 5 millones de puestos de
trabajo, que ha puesto las convenciones colectivas, que les ha aumentado a los
jubilados vaya a castigar a los trabajadores? Pero los trabajadores ganaron más
dinero, gracias al modelo macroeconómico, no es gracias a ninguno que haya hecho
una huelga más o menos.”
5) “Ante las crisis las primeras víctimas siempre han sido los
trabajadores, nunca los empresarios y mucho menos los dirigentes sindicales.
Señores empresarios y señores dirigentes sindicales, a ponerle el hombro a un
país que les ha dado mucho, y a articular intereses.”
Hasta aquí la instantánea del jueves. Pero, obviamente, se trata de una
película. Cuando la presidenta pronunció su discurso, lo que hizo fue abrir una
reflexión sobre las experiencias del pasado reciente argentino. Concretamente,
puso sobre el tapete la forma en que se produjo el ocaso del Pacto Social de
acumulación y distribución del peronismo clásico. Me refiero a la brutal ruptura
de la puja distributiva iniciada en el período ’46-’55 y finalizada
criminalmente por la dictadura militar de 1976-83. Concretamente, el pacto
social entre capital y trabajo que significó la experiencia peronista llevó a
una espiral inflacionaria fundamentalmente porque se produjo un cuello de
botella productivo por la falta de inversión del empresariado. La puja
distributiva se resolvía de dos maneras: o forzando una mayor distribución con
medidas de corte revolucionario a costa de la generación de riquezas –como
ocurrió en las experiencias socialistas– o disciplinando a los sectores
populares con una feroz represión, primero, y con políticas que generaran un
ejército de reserva de desocupados que, a través del miedo, permitiera
pauperizar las condiciones laborales y sociales de los sectores populares –como
ocurrió en Argentina con el tándem Martínez de Hoz, Sourrouille, Cavallo–.
En los setenta, la situación era diferente a la actual, claro. El posible
futuro socialista alentaba la posibilidad de que la violencia armada no fuera
siempre por parte de los sectores dominantes. Un fuerte movimiento obrero
organizado se había convertido en protagonista de la política nacional. El
Estado de Bienestar prometía convertirse en el paraíso en la Tierra. Todo eso se
derrumbó con la crisis del petróleo en 1973, con la implantación de las
dictaduras militares y con el “yo me borré”, practicado por algunos dirigentes
sindicales, entre ellos Casildo Herrera.
Hoy los niveles de violencia y confrontación son menores, pero la crisis
del capitalismo es más profunda que la de los años setenta, lo que obliga a
replantear las metas macroeconómicas del Pacto Social de Acumulación actual, que
está en la misma línea que el modelo planteado por el primer peronismo. El
modelo kirchnerista ha entrado en el cuello de botella de la puja distributiva y
por lo tanto es necesario intentar una solución diferente a las ensayadas en los
setenta. Y la apuesta elegida por la presidenta es sostener la inversión como
reaseguro no sólo de los puestos de trabajo sino también como garantía de
crecimiento y de redistribución de la riqueza en un mercado interno que permita
sostener un alto poder adquisitivo de los sectores del trabajo. Es en este marco
histórico que la presidenta le pide colaboración tanto a la dirigencia
empresarial como a la sindical. Porque el Estado –es decir, todos los
argentinos– hemos aportado mediante subsidios, asignaciones, arancelamientos,
los distintos beneficios de los que gozó fundamentalmente el empresariado
nacional. Por lo tanto es justo y necesario que tengamos el derecho de revisar
los planes de inversión que permitan hacer efectivas las mejoras para toda la
sociedad.
Respecto del pedido de responsabilidad a los dirigentes sindicales, la
presidenta es consciente de que el principal desafío de estos años es contener
la conflictividad social de la puja distributiva. El liberalismo o la derecha lo
resolvería fácil: un plan de ajuste, un golpe desocupador que deje tambaleante a
los trabajadores como en los noventa y se acabó la fiesta. Se acabaron las
huelgas de la UOM, las comisiones internas combativas festejadas por el diario
La Nación y el city tour revolucionario de Pablo Micheli por las calles de
Buenos Aires. Pero el kirchnerismo no es eso. Es un modelo de producción,
acumulación, ahorro y distribución de la riqueza que busca corregir las
inequidades del capitalismo. Esto lo saben muchos dirigentes sindicales que con
estilo Talibán elaboran estrategia maximalistas donde ellos no pierden
políticamente, aun cuando perjudiquen a sus representados. Porque esas
organizaciones minoritarias y sin representación electoral ganan cuando obtienen
mejoras concretas para los trabajadores ante un Estado con mirada social y ganan
cuando son reprimidos porque obtienen legitimidad de combatividad y se dan el
lujo de correr irresponsablemente por izquierda al kirchnerismo.
Un párrafo aparte merece los desplantes del moyanismo. Desgraciadamente,
hay momentos en la vida de los líderes populares en los que las estrategias
individuales terminan superando las necesidades y los intereses del conjunto.
Establecer una estrategia mediática con el Grupo Clarín significa hacerlo con la
articulación de un bloque hegemónico integrado con aquellos sectores económicos
e ideológicos que integraron la dictadura militar y el menemismo.
Por lo demás, la grandeza de un pueblo no se mide por los laureles
conquistados sino por los sacrificios realizados para obtenerlos. Podrá sonar
como una frase rimbombante. Y tal vez lo sea. Pero tiene algo de
cierto.
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