YPF no es lo importante
El signo de esta semana fue mucho menos grandilocuente pero mucho más profundo y denso. Me refiero a esa corrida, casi como una fuga, en tonos grises, de un hombre en geografías propias.
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La frase es ingeniosa. Pero es algo más aún. Es sutil. Primero porque no
tiene el contenido belicoso que, por ejemplo, tenían las publicidades
chauvinistas de bebidas alcohólicas realizadas con oportunismo para los
mundiales. Pero sobre todo, porque tiene una pluralidad de interpretaciones, no
es aprehensible, y es borgeana, en algún sentido. Se trata de un
territorio-desterrado, de una propiedad-no propia, de un suelo argentino que es
inglés y de un suelo inglés que será argentino. Y permite, además, la
posibilidad de revisitar estos años. Porque no es un atleta de excelencia que
viaja a Europa porque en su país no tiene oportunidades. No está construido
sobre el mito de la exportación de “los mejores”, convirtiendo automáticamente a
los que se quedan en nuestra patria en “los peores”, el lastre, los fracasados
que no pueden escapar de un país decadente y en ruinas que se merecen por no
estar a la altura de la “aristocracia” que huye. El protagonista de la
publicidad corre, pareciera que huye, pero entrena. Entrena en su patria para
competir en territorio ajeno. Él, como Luciana Aymar, gigante deportista que
reta a su compañera porque no utilizó su derecho como mujer de elegir no quedar
embarazada justo cuando hay que ir a competir a Gran Bretaña, son parte de los
mejores. Están “aquí” y van “allá” temporalmente para conquistar unos metros de
gloria.
Sin la lógica de esa publicidad, la expropiación de YPF no habría sido
posible. Porque, a decir verdad, el clima político, económico, ideológico que
vive Argentina es hijo directo de aquella brillante definición que dio la
presidenta de la Nación en el año 2007 cuando dijo “la batalla es cultural”.
Porque en los noventa lo que había ocurrido, justamente, era que el
neoliberalismo había ganado esa batalla. Cualquier hijo de vecino en los noventa
recitaba el credo de las privatizaciones que rezaba, según el decálogo menemista
pronunciado por Roberto Dromi: “Nada de lo que deberá ser estatal quedará en
manos del Estado.” Pero hasta allí estaríamos discutiendo meras estrategias
técnicas para llevar adelante, con pragmatismo, determinadas políticas públicas.
Ni las privatizaciones son demoníacas por sí mismas ni tampoco las
estatizaciones nos llevarán al cielo. Porque la batalla de fondo no es la
pragmática sino la identidad, la conciencia nacional de quien decide utilizar
una u otra estrategia en determinado momento histórico. ¿Se privatiza para
beneficiar a la Nación? ¿Se estatiza para que las empresas privadas hagan
fortunas a costa de ella? ¿Cuándo la dictadura estatizó la compañía
Ítalo-Argentina de electricidad o la deuda de las empresas privadas pensaba en
el bien de las mayorías o de los negocios privados? La pregunta de fondo es
¿para qué? Pero sobre, muy sobre todo, es ¿quiénes somos?
Y ese, en verdad, es el corazón de la cuestión cultural. El kirchnerismo,
pero sobre todo Cristina Fernández, elaboró como máxima estrategia a largo plazo
la reconstrucción de la identidad y de la autoestima nacional. Porque sabe que
sin Nación no hay pacto social de convivencia. Y tampoco paritarias ni AUH ni
ANSES ni Aerolíneas ni YPF. Por eso para poder instalar el neoliberalismo en los
noventa dispararon donde más duele: en la identidad nacional. Primero la
dictadura cívico-militar con sus publicidades contrarias a la industria nacional
y con su pseudo patrioterismo infantil y belicoso que aplicó primero contra la
“subversión”, luego contra Chile y como, finalmente, vio luz en Gran Bretaña, la
emprendió contra la “Pérfida Albión”. La democracia decidió “desnacionalizar” a
la sociedad, mientras la constante prédica del “periodismo montevideano”
–aquellos escribas exiliados que desde Uruguay consideraban que a la “barbarie”
americana se la combatía defendiendo los intereses de las potencias civilizadas–
nos inculcaba que “este era un país de mierda”, que no podíamos administrar
nuestras empresas y, prácticamente, durante el delarruismo llegó a proponer que
el país fuera gobernado por extranjeros.
Reconstruir la idea, y por ende, una praxis colectiva fundada en la
apelación a la Nación es el legado más importante –recordemos la fiesta popular
del Bicentenario– que el kirchnerismo aporta a la historia de los argentinos y a
su futuro. Los argentinos podemos entrenar en nuestro suelo, competir en suelo
inglés y, como si fuera poco, volver a nuestro país a vivir. Ya no somos
exiliados. Ese es el mensaje. “Los argentinos tenemos Patria.” Pero ¿qué es
eso?
Juan Domingo Perón concluyó su texto La comunidad Organizada con una
iluminadora prosa. Decía: “Nuestra comunidad tenderá a ser de hombres y no de
bestias. Nuestra disciplina tiende a ser conocimiento, busca ser cultura.
Nuestra libertad, coexistencia de las libertades que procede de una ética para
la que el bien general se halla siempre vivo, presente, indeclinable. El
progreso social no debe mendigar ni asesinar, sino realizarse por la conciencia
plena de su inexorabilidad. La náusea está desterrada de este mundo, que podrá
parecer ideal, pero que es en nosotros un convencimiento de cosa realizable.
Esta comunidad que persigue fines espirituales y materiales, que tiende a
superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que
el individuo puede realizarse y realizarla simultáneamente, dará al hombre
futuro la bienvenida desde su alta torre con la noble convicción de Spinoza:
Sentimos, experimentamos, que somos eternos.”
Acertada y elegante frase atribuida al filósofo Carlos Astrada: “La náusea
está desterrada de este mundo.” Porque, para el Perón-Astrada no hay sinsentido
vital donde hay patria y Nación. Y no se trata de una grandilocuencia
esencialista, de una pomposidad momificada. Sino quizás de esa humilde idea del
francés Ernest Renan: “Una nación es, pues, una gran solidaridad, constituida
por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y de aquellos que todavía
se está dispuesto a hacer. Supone un pasado; sin embargo, se resume en el
presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado
de continuar la vida común. La existencia de una nación es (perdonadme esta
metáfora) un plebiscito cotidiano, como la existencia del individuo es una
afirmación perpetua de vida.”
La recuperación de la autoestima nacional fue seguida por esa explosión de
orgullo que significó el pueblo en las calles festejando el Bicentenario. El
desafío ahora es el de lograr la tan esquiva “unión”. Porque ya lo escribió con
claridad Manuel Belgrano en mayo de 1810: “La unión ha sostenido a las Naciones
contra los ataques más bien meditados del poder, y las ha elevado al grado de
mayor engrandecimiento; hallando por su medio cuantos recursos han necesitado,
en todas las circunstancias, o para sobrellevar los infortunios, o para
aprovecharse de las ventajas que el orden de los acontecimientos les ha
presentado. Ella es la única, capaz de sacar a las Naciones del estado de
opresión en que las ponen sus enemigos; de volverlas a su esplendor, y de
contenerlas en las orillas del precipicio: infinitos ejemplares nos presenta la
Historia en comprobación de esto; y así es que los políticos sabios de todas las
Naciones, siempre han aconsejado á las suyas, que sea perpetua la unión; y que
exista del mismo modo el afecto fraternal entre todos los Ciudadanos. La unión
es la muralla política contra la cual se dirigen los tiros de los enemigos
exteriores é interiores; porque conocen que arruinándola, está arruinada la
Nación; venciendo por lo general el partido de la injusticia, y de la sin razón
á quien, comúnmente, lo diremos más bien, siempre se agrega el que aspira á
subyugarla. Por lo tanto, es la joya más preciosa que tienen las Naciones.
Infelices aquellas que dejan arrebatársela, o que permitan, siquiera, que se les
descomponga; su ruina es inevitable.”
La renacionalización de YPF, entonces, no es lo importante. Es apenas un
síntoma. Porque sin identidad, sin autoestima y sin unión nacional nada es
posible. Ni las políticas públicas dirigidas a las mayorías ni las exigencias de
compromiso a los empresarios y trabajadores, o al “Ciudadano”. Lo fundamental,
en términos históricos, es que el kirchnerismo ha logrado algo que años atrás
parecía imposible: ha renacionalizado culturalmente a la Argentina.

Material a utilizar para nota de Radio Gráfica junio 2022
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