Edición: 4 de Mayo de 2012
Adiós a los noventa
Hace poco más de un mes escribí que uno de los dogmas que existía para mí era que YPF debía ser nacionalizada. Reconozco que es un error porque en política no debe haber axiomas morales ni ideológicos, sino convicciones racionales y argumentativas.
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La semana que termina se podría resumir en dos momentos determinados que
simbolizan el momento histórico por el que atraviesa la Argentina de hoy con sus
grandezas y sus mezquindades políticas. El primero es el de la presidenta de la
Nación, Cristina Fernández, sosteniendo con mano trémula el tubo de ensayo con
petróleo en el momento en que anunciaba la nacionalización de YPF. Son unos
segundos fecundos en los que ese hermoso temblor permite que todos sepamos que
la jefa de Estado sabe que en ese momento se está filtrando la historia entre
sus manos. Es el gesto de una mujer valiente que es consciente de la
trascendencia que tiene su acción y, aun contra su voluntad, lo hace saber a su
pueblo. Ante ese gesto de humanidad sin fingimientos cualquiera se da cuenta de
que lo que se está jugando es trascendental. El segundo es el instante en que el
intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, relata el artificioso
–y poco creíble– momento en que se despertó a las 5 de la mañana y se abraza a
su hija angustiado por el futuro de su país. Aparatoso y espasmódico, por
primera vez mostró su verdadera cara: pro-privatizador, pro-empresas
trasnacionales, pro-noventista
Hace poco más de un mes escribí que uno de los dogmas que existía para mí
era que YPF debía ser nacionalizada. Reconozco que es un error porque en
política no debe haber axiomas morales ni ideológicos, sino convicciones
racionales y argumentativas, aunque estas se encuentren cargadas de
afectividades. Y si uno analiza con minuciosidad el discurso de la presidenta se
dará cuenta que no hubo grandes apelaciones patrioteras, que no existió una
puesta en escena desafiante y chauvinista sino que apeló a una detallada
argumentación desde la racionalidad política y económica de por qué era
necesario expropiar YPF-Repsol y recuperar la “soberanía energética”, frase que
puede generar confusiones porque toda apelación a la “soberanía” conlleva una
carga subjetiva y pasional, además de su significado estrictamente
político.
A no confundirse, la presidenta ha tomado su decisión de expropiar YPF con
absoluta racionalidad. Aun cuando todas sus convicciones ideológicas le dictaban
la necesidad de hacerlo, con la carga emocional, incluso, que conlleva esa
medida, y con todo el beneficio político, en términos de legitimidad, que puede
otorgarle –no faltan ya las voces que se escandalizan por el uso “demagógico” o
“populista” de la nacionalización–, es el cálculo de costo-beneficio el que guío
la acción de Cristina Fernández. No se trata de un arrebato irresponsable por
parte del Ejecutivo sino de una medida de extrema necesidad lógica. Repsol –como
bien explicó el apasionado Axel Kicillof en las comisiones del Senado– realizaba
un descalabro económico para la economía nacional y profundizaba un proceso de
vaciamiento de empresa que nos dejaría a los argentinos a las puertas de un
desastre hidrocarburífero. Por lo tanto, no se trató de una cuestión dogmática o
meramente ideológica sino de una inteligente decisión tomada –con gran valentía–
por la presidenta de la Nación. El apoyo que Brasil dio a la nacionalización de
YPF, por ejemplo, demuestra que no se trata, tampoco, de una decisión aislada,
sino que está enmarcada en una política energética continental y de mucha mayor
profundidad que la que los principales analistas pueden prever.
La frase “la historia se hace cuando se puede, no cuando se quiere” es
irrefutable y marca, también, el alto nivel de pragmatismo, en el sentido real
del término, que guío la acción del Ejecutivo: las transformaciones –incluso
aquellas que parten de las convicciones más profundas– no se hacen a tientas y a
locas si no cuando “están dadas las condiciones objetivas y subjetivas” para
llevarlas adelante. Un interesante mensaje tanto para “apresurados” como
“retardatarios”, en términos peronistas clásicos.
La irracionalidad estuvo en otros lados. Por empezar en las élites
dirigenciales de la vetusta monarquía española que se repartió entre ir a cazar
elefantes por el mundo o intentar reinstalar militarmente el Virreinato del Río
de la Plata. Entre esos extremos, se dijeron cualquier tipo de barbaridades
políticas y económicas y se lanzó mucha pirotecnia que, por ahora, no se vio
registrada en consecuencias directas para la Argentina en los foros
internacionales ni en sanciones concretas por parte de la Unión Europea y los
Estados Unidos. Un párrafo aparte se merece la prensa española que ha demostrado
que se puede informar de manera más aberrante aun que Clarín y La Nación, con la
sola defensa de que los periodistas ibéricos, por lo menos, lo hacían con la
buena voluntad de defender los intereses de una empresa que, supuestamente, es
de capitales españoles. Los periodistas de Clarín y La Nación lo hacen con la
mala voluntad de atacar los intereses de la mayoría de los argentinos.
La UCR-Conservadora, en vez de saludar la medida que ponía a YPF en la
línea histórica de Hipólito Yrigoyen, se enredó en dilaciones, dudas, propuestas
alternativas, críticas insustanciales que, lejos de devolverle cierta
iniciativa, la enmarañó aun más en sus propias indefiniciones. Excepto el sector
liderado por Leopoldo Moreau, que marcó su apoyo aun con algunas críticas, el
resto siguió en “sí pero no ni nos animamos”. María Eugenia Estenssoro –hija del
desguazador de YPF en los ’90, José Estenssoro, quien, según el especialista
Hernán Palermo dejó en cuatro años a 30 mil trabajadores de la empresa en la
calle y abrió las puertas para la privatización en 1993– se convirtió de buenas
a primeras en la defensora de YPF frente a las supuestas violaciones
kirchneristas de la empresa. Todo demasiado confuso para una misma sesión de
comisión. Por último, el insomne Mauricio Macri que no pudo dormir la primera
noche por el miedo que le causó la nacionalización de YPF y tampoco pudo dormir
la segunda noche cuando le acercaron las encuestas que confirmaban que nueve de
cada diez argentinos apoyaban la nacionalización de YPF y se la pasó pensando en
cómo iba a tratar de decir al otro día que él tan noventista no era y que,
bueno, si llegaba a presidente no iba a reprivatizar YPF.
Un párrafo aparte se merecen los empresarios que no han podido ponerse de
acuerdo en una declaración pública. Algunos industriales tienen un pensamiento
patológico: nunca han tenido sectorialmente utilidades tan jugosas como las de
los últimos años. Sin embargo, ninguno de ellos es capaz de reconocerlo
públicamente y hacerse cargo de tomar el modelo como propio. Ni siquiera el
Grupo Eskenazi estuvo a la altura de las circunstancias políticas. Y allí hay
una falla cultural estructural del empresariado argentino que no tiene capacidad
de reconocerse a sí mismo como una burguesía nacional y siempre vive asustado
del Estado, que al fin y al cabo, en sus momentos de nacionalismo económico debe
suplir las deficiencias de ese sector económico que no defiende ni sus propios
intereses grupales. Es decir, los argentinos debemos soportar la existencia de
industriales ricos con una pobre burguesía.
Por último, hay que hacer notar que la derecha neoliberal, tanto europea
como argentina, ya huele a moho. Encerrados en dogmas y en prejuicios
ideológicos, tienen poco más que hambre, pobreza, endeudamientos y desocupación
para los pueblos. Lo demuestra el irracional pero “principista” gobierno de
Mariano Rajoy y, también, el discurso vaciado de contenido del tirifilo porteño.
Incluso, las desconfianzas del empresariado argentino forman parte de ese
descalabro valorativo y cultural. Hoy la racionalidad económica y política no
está en el neoliberalismo. Hoy, la derecha se quedó anclada en los años noventa.
Si quiere proponer algo interesante, debería modernizarse y decirle adiós a esa
década.

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