Publicado el 23 de Enero de 2012
Por
Historiador.
El 2 de abril de 1982, la dictadura encabezada por Leopoldo Fortunato Galtieri ocupó las Malvinas. Se trataba de una vieja aspiración nacional. No era de extrañar que se llenara la Plaza donde la dictadura nos había echado a palos y gases lacrimógenos dos días antes.
La guerra resultó una gran frustración. Siempre sospechamos de las razones de la dictadura. Por fin, la guerra terminó con la rendición, que Galtieri anunció: “la batalla de Puerto Argentino ha terminado.”
Cuando Costa Méndez visitó La Habana durante la guerra, Fidel Castro la definió como una guerra de liberación nacional, y agregó: “ (...) ninguna guerra de liberación nacional se pierde, siempre que se esté dispuesto a pelearla.”
Es que la dictadura se había lanzado sin saberlo a una guerra colonial. Las guerras coloniales enfrentan a un imperio con una colonia o con un país pequeño. El agresor busca una ganancia económica, apropiarse de un punto geográfico estratégico, o una fácil conquista de prestigio.
Es una inversión en dinero, en sangre, en materiales y armamento, cuyo costo no debe superar el beneficio esperado. Por eso, los franceses fueron vencidos por Rosas en 1840, y por eso los Estados Unidos abandonaron Vietnam en la década de 1970. La resistencia de los pueblos terminó por quebrar la voluntad de los imperios. La dictadura soñaba que Londres se resignaría tras algunos cansados rugidos, y que los americanos defenderían a quienes colaboraban en la guerra sucia centroamericana.
La dictadura la afrontó en inferioridad material. Pero además, era imposible que uniformados formados en la “guerra sucia”, la patota, el secuestro y la tortura emprendieran una guerra de liberación, que exige contar con la adhesión popular. Y mal podían pedirla quienes durante seis años habían martirizado al pueblo argentino.
Claro que hubo aviadores cuyo heroísmo asombró a los enemigos, oficiales al frente de sus tropas y soldados que, con más coraje y patriotismo que pericia, superaron las limitaciones de instrucción, medios y conductores incapaces.
El clarín de la Patria sonó desafinado tocado por los lacayos del Imperio. Y la ilusión de muchos se perdió en las compadradas inconsistentes o en las bravatas de los medios afines que horas antes del fin gritaban “¡estamos ganando!”
Historiador.
El 2 de abril de 1982, la dictadura encabezada por Leopoldo Fortunato Galtieri ocupó las Malvinas. Se trataba de una vieja aspiración nacional. No era de extrañar que se llenara la Plaza donde la dictadura nos había echado a palos y gases lacrimógenos dos días antes.
La guerra resultó una gran frustración. Siempre sospechamos de las razones de la dictadura. Por fin, la guerra terminó con la rendición, que Galtieri anunció: “la batalla de Puerto Argentino ha terminado.”
Cuando Costa Méndez visitó La Habana durante la guerra, Fidel Castro la definió como una guerra de liberación nacional, y agregó: “ (...) ninguna guerra de liberación nacional se pierde, siempre que se esté dispuesto a pelearla.”
Es que la dictadura se había lanzado sin saberlo a una guerra colonial. Las guerras coloniales enfrentan a un imperio con una colonia o con un país pequeño. El agresor busca una ganancia económica, apropiarse de un punto geográfico estratégico, o una fácil conquista de prestigio.
Es una inversión en dinero, en sangre, en materiales y armamento, cuyo costo no debe superar el beneficio esperado. Por eso, los franceses fueron vencidos por Rosas en 1840, y por eso los Estados Unidos abandonaron Vietnam en la década de 1970. La resistencia de los pueblos terminó por quebrar la voluntad de los imperios. La dictadura soñaba que Londres se resignaría tras algunos cansados rugidos, y que los americanos defenderían a quienes colaboraban en la guerra sucia centroamericana.
La dictadura la afrontó en inferioridad material. Pero además, era imposible que uniformados formados en la “guerra sucia”, la patota, el secuestro y la tortura emprendieran una guerra de liberación, que exige contar con la adhesión popular. Y mal podían pedirla quienes durante seis años habían martirizado al pueblo argentino.
Claro que hubo aviadores cuyo heroísmo asombró a los enemigos, oficiales al frente de sus tropas y soldados que, con más coraje y patriotismo que pericia, superaron las limitaciones de instrucción, medios y conductores incapaces.
El clarín de la Patria sonó desafinado tocado por los lacayos del Imperio. Y la ilusión de muchos se perdió en las compadradas inconsistentes o en las bravatas de los medios afines que horas antes del fin gritaban “¡estamos ganando!”
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